01 Ago 2008
Sed de amor
Sed de amor. Yukio Mishima
Mishima, 1950. Alianza Editorial 2008.
Un clima opresivo, delicadamente erótico y morboso –es Mishima, al fin y al cabo- rodea la historia de Etsuko, una mujer que se obsesiona con un joven criado de su casa.
Otros dirían “se enamora”. Los celos –y Etsuko ya ha sufrido por celos anteriormente- causan dolor y el dolor causa odio.
Pasiones opuestas que convierten a personas como Etsuko, austera y aparentemente contenida, en tormentas destructivas. Ella trabaja como una araña en sus obsesiones. Las teje, las escribe, analiza con morbosidad su dolor, y su ira y orgullo la empujan a profundizarlo para comprobar su resistencia: su dolor es su alma, lo único que posee. El amor es para ella dolor.
Saburo es su opuesto, un joven ingenuo y simple –y bello- que no se da cuenta, en ningún momento, de que ella lo quiere.
“Saburo estaba harto de este tedioso diálogo. Lo que veían sus ojos cada vez que alzaba la vista desde el suelo no era una mujer, sino una especie de monstruo espiritual, una encarnación espiritual indefinible –odiando, sufriendo, sangrando o lanzando un grito de alegría- , nervios desnudos al descubierto.”
No decepcionará a los amantes de lo japonés, ni a quienes se sienten atraídos por la finura de Mishima, su fascinación por la perversión (él es Japón) y su profundidad vertiginosa. Su elegancia.
Una última cita:
(…)
“Etsuko vio la cara de Saburo, roja y cubierta de sudor, muy cerca de la suya. Entonces pensó: ¿Hay algo tan hermoso en este mundo como el semblante de un joven embellecido por la concupiscencia y radiante de pasión?”
23 Jul 2008
Una página. Una librería con alma.
www.lalibreriadebolsillo.com
Contenidos:
Sylvia Plath recita Daddy.
Reseña de Ararat, de Louise Glück
Haciendo veneno, de Margaret Atwood, ganadora del último Premio Príncipe de Asturias de las letras.
Entrevista a Doris Lessing.
Visita.
09 Jul 2008
¿Quién mató a mi madre?
Enfrentado a un crimen, a la llegada de dos misteriosos investigadores y a un interrogatorio que prácticamente monopoliza el desarrollo de la obra, Andreu Martín, autor de novelas negras como Prótesis o Juez y parte o Piel de policía, obsesionado por el realismo y la verosimilitud, topó con un texto que se resistía a encajar en los moldes previstos. Hasta que la magia del texto se impuso y el lector fue sustituido por otro Andreu Martín, el autor de Por amor al arte, Por el amor de Dios o Vampiro a mi pesar, el habitante de Cadaqués, tocado de tramontana y apasionado del surrealismo, el que distorsiona personajes y crea situaciones incoherentes para mejor contar la coherencia del mundo y, con ese nuevo pincel daliniano repinté la obra y, por fin, la comprendí y me zambullí en ella para descubrir nuevos placeres, mucho más próximo (supongo) a las intenciones del autor.
La novela me elevó, así, por encima de la realidad, para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas. En la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges, el placer deriva precisamente de verse perdido y de cerrarse salidas, de manera que incluso la solución final es un triple o cuádruple portazo para terminar con la promesa “de que regresaría puntualmente en dos semanas” y de ello no se desprende una sensación desasosegante sino, desde mi punto de vista, una alegre predisposición de volver a empezar el juego con ánimos renovados.
Cuando entramos en casa de los Rivera, ésta queda descrita como un decorado, una realidad manifiestamente distinta de un exterior que estamos dispuestos a ignorar. Nos instalamos en un decorado que queda fijado como una caja de luz flotando en medio de la nada, ajena a la realidad exterior. A partir de ahora, los personajes actuarán a su manera, levitarán, se moverán en apartes imposibles, hablarán entre signos de exclamación, el marido se disfrazará de la mujer, se nos hablará con naturalidad de agencias donde encontrar clones de sí mismos, el revólver del asesinato se alquila, serán hallados papelitos doblados invisibles para todos menos para uno aunque se encuentren en los lugares más visibles, convenciones todas ellas que me llevan al mundo onírico como los de Dalí, Chirico o Magritte. Microcosmos platónicos donde los interrogadores son como ángeles, ni policías ni periodistas, detectives contratados por la muerta y sus interrogatorios devienen diálogos en espiral sobre la locura y la vida.
Lo que en una novela realista y convencional sería psicosis en este relato de género inclasificable se convierte en metáfora que nos lleva a la reflexión, a la paradoja, a la síntesis, a veces a la risa más desternillante, siempre a la sorpresa. Insisto en que, durante la lectura, he estado envuelto de esa sensación tan intrigante y desconcertante que provocan en el espectador los relojes blandos o el Ángelus de Millet repintado por el genio ampurdanés, las estatuas con cara de perro y las columnas truncadas en eriales calcinados de Chirico, el hombre del sombrero hongo de Magritte, el Rinoceronte o la Cantante calva de Ionesco. El sillón que ocupa el lector poco a poco será diván de psicoanalista donde cada una de las situaciones, réplicas, palabras del texto resultarán ser reinterpretaciones deformadas de la realidad que evocarán inevitablemente vivencias cargadas de significado y de sentimientos.
La novela se lee con gran facilidad, incluso diría que pasión (una vez has sintonizado exactamente con las claves necesarias), aun cuando no recurre al truco habitual en la novela policíaca que yo conozco de plantear un enigma para capturar y retener la atención del lector. La pregunta ¿Quién mató a mi madre? sólo está en el título. En cuanto se inicia el interrogatorio, el lector percibe de inmediato que no se va a seguir un método policial de persecución de la verdad sino que se va a encontrar con un largo diálogo platónico que lo llevará más allá de lo policial para sumergirlo en la filosofía.
He dicho al principio que me instalé en casa de los Rivera como si fuera un escenario de teatro. Efectivamente, el autor nos sitúa con una descripción parecida a la que se utiliza para iniciar las obras dramáticas: el balcón enfrente; entre la mesa y el balcón, hacia la izquierda, está Manuel... Detrás de la puerta, la única pared azul de la vivienda... Más adelante, cuando nos hable de las sorprendentes cenas poéticas de la familia Rivera, se nos explicará cuál es exactamente la posición que ocupa cada uno de los miembros. Los ruidos que vienen del exterior me parecen efectos producidos por anticuados tramoyistas, Dios mío, los golpes que propina Dina a su ordenador cuando trabaja: ¡se va a cargar el disco duro! No sé por qué (pero es virtud de esta novela inducir a pensamientos que se dirían ajenos a ella sin serlo), la situación de la novela me lleva a un decorado delirante que existe en el Museo Dalí de Figueres: aquella habitación que es un retrato de Mae West. Hay una chimenea, dos cuadros, un sillón, entre los cuales se puede caminar... Y, cuando se mira a través de un cristal distorsionador, se descubre que el sillón rojo son los labios, que la chimenea es la nariz, que los dos cuadros son ojos... Éste es el sabor que retengo en el cerebro después de la lectura de la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges. La constatación de que el concepto surrealismo no viene de sub-realismo, como el mal uso de la etimología nos podría llevar a pensar sino de la palabra francesa sur-realismo que quiere decir super-realismo, es decir, mirada desde arriba, desde lo alto, mirada de aquel que sobrevuela (de ahí que haya comparado los investigadores con ángeles) y que, desde el cielo, puede verlo todo con una distorsión que lo acerca mucho más a la verdad, puede verlo todo tan bien que incluso descubre que en el Ángelus de Millet había enterrado un cadáver.
Nota del editor

El viernes 27 de junio fue presentada en la Casa del Libro de Madrid la novela ¿Quién mató a mi madre?, con la que el escritor venezolano Édgar Borges se coronó recientemente como finalista en el III Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches, tal como informamos en nuestra edición 188. Uno de los prologuistas, el escritor catalán Andreu Martín, considerado por Fernando Savater como el autor más importante que España le ha dado al género negro, destaca la fuerza de esta novela, con la que Borges comparte cartel, en el catálogo de Ediciones Irreverentes, con Mario Benedetti, Francisco Umbral, Augusto Monterroso, Ana María Matute y Antonio Gómez Rufo, entre otros.
Noticia de Letralia: http://www.letralia.com/190/articulo06.htm
25 Jun 2008
¿Quién mató a mi madre?
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El viernes, 27 de junio, a las 20h, Ediciones Irreverentes presenta la nueva novela del escritor venezolano Edgar Borges, “¿Quién mató a mi madre?”, en la Casa del Libro de Gran Vía, Madrid.
Con la participación de Miguel Angel de Rus y del autor
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¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE?
¿Quién mató a mi madre? es más que una novela de intriga. Dos detectives llegan al apartamento de los Rivera para investigar un crimen: ha sido asesinada la madre de la familia; los sospechosos son el esposo y los dos hijos adolescentes. El primer reto de los protagonistas será descubrir al asesino, y el último, lograr salir de un apartamento que en realidad es un libro. Con esta obra, el prestigioso escritor Edgar Borges fue finalista en el III Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches. Toda una trama psicológica que, según palabras del escritor Andreu Martín, maestro de la novela negra, "me elevó por encima de la realidad para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas." Una obra que no puede perderse ningún amante de la novela de intriga.
Edgar Borges, (Caracas, Venezuela, 1966) Autor de obras como Sonido Urbano, calle, salsa y cuentos (Caracas 1992. Ensayos y guiones dramáticos);Sueños desencantados (Caracas 1994. Relatos); Mis días debajo de tu falda (Caracas 1996. Relatos); La monstrua, la mujer que jamás invitaron a bailar (Bogotá 1999. Novela); Aquiles, el último fugitivo de la globalización (Caracas 2001. Relato gráfico); Lavoe contra Lavoe, la tragedia del cantante. (Caracas 2006 Teatro) y El vuelo de Caín y otros relatos (Madrid 2005 y Caracas 2007). Ha participado en las Antologías, Microveus, La culpa de Nicanor (Barcelona, 2007) y Narradores del Grupo Búho, El último aniversario (Madrid 2005).
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Más información: http://www.edicionesirreverente
Entrevistas con Edgar Borges: 666350174 y editor@edicionesirreverentes
09 May 2008
Tienda de Voces.
También pretende fomentar estudios de tipo literario (historia de las formas literarias), estudios de literacidad, con un enfoque sociológico e histórico, estudios de análisis del discurso y, cómo no, la creación literaria.
En el origen de Tienda de Voces está el convencimiento de enorme la potencia de la literatura para alargar la vida o, más bien, profundizarla. La lectura sirve al conocimiento y al placer. Ayuda a la comprensión de lo propio y lo ajeno, de lo diferente y lo excesivamente semejante, y agranda y afina, en fin, el tamiz ése por el que todo entra. Y por el que todo sale.
La literatura es, para Tienda de Voces, un agente de inclusión social y conseguir que alguien lea es conseguir que se sienta parte del mundo. O que sienta que la realidad no es tan ajena. O que él, o ella, ellos, nosotros, en su agujero, somos parte de la humanidad: la historia, lo grande y lo pequeño, lo bueno y lo malo.
La literatura, además de un campo conceptual y un método propio, es pura… transversalidad, que se dice hoy día. Ética, filosofía, arte, historia, sociología, psicología, cine, música, agricultura, pastelería, moda… No existe independientemente de todo. Creemos que hay que ponerla en relación, a la hora del análisis, con diferentes campos. Sacarle el jugo.
Tienda de Voces está abierta a sugerencias, iniciativas, y a la colaboración con todo aquél que tenga algo que ofrecer, y que esté dispuesto a aceptar de los otros. De momento sólo pedimos que te asocies. Es gratis.
17 Abr 2008
Opiniones a diestro y siniestro.
En Diario de un mal año, al hilo de una historia interesante de amor platónico entre un viejo escritor y una joven... sensual, diríamos, Coetzee va dejando caer, como flores, sus gotas de sabiduría.
En realidad creo que la historia no es más que una estratagema para que la narración nos impulse hacia delante y sigamos, finalmente, leyendo sus diatribas sobre todo lo habido y por haber. Diatribas que intentan ser polémicas.
No sé por qué estoy de mal humor. Al fin y al cabo no lo estaba, no tanto, mientras leía. ¡Ah, cierto! Me ponen de mal humor los escritores que dan su opinión sobre todo, no lo recordaba. Porque abunda mucho, en serio. Bukowski –vaya, vete a saber si un heredero muy vivo o un editor encontró un viejo cuaderno de notas y decidió publicarlo, pobrecito, él murió hace mucho- nos narra, finalmente, cómo se corta las uñas de los pies en su ancianidad; o fulano recoge todas sus columnas periodísticas y les pone un título bonito; mengano publica sus cuadernos de notas… (No me reconozco, qué mal humor. ¿No me funciona el prozac?)
No veo el interés de leer las opiniones de los narradores sobre política o sobre moral. No es su trabajo, y no es lo que busco. ¿Por qué no se toman la molestia, al menos, de hacer lo que se supone que saben hacer? Inventar historias, crear personajes y dramas que sean el mundo mismo, la vida misma en su existir. Y no es que no tengan derecho a hablar de lo que quieran y a hacer sus ensayos pero, desde luego, no tienen autoridad para exigir que esas opiniones sean tomadas más en serio que las de cualquier otro. Al menos a mí no me interesan. Prefiero leerme un tratado de moral o un ensayo filosófico. O que hagan un libro que se titule Ensayos.
Cualquier viejo escritor que ve acercarse la muerte, cualquier viejo que ve acercarse la muerte, me gusta, sea como sea, sea zurdo o diestro, alto o bajo, pero…
Vale. Que es Coetzee. Ya lo sé, coño. Pero tengo derecho a que me ponga de mal humor, ¿no? Me gustó Desgracia. Me encantó Desgracia. Y en Elisabeth Costello, aunque ya me irritó un poco, al menos desarrollaba su visión hasta un grado que te hacía replantearte –aunque fuera durante un breve plazo- ciertas cosas, como si comerme el ternerito que vi un día escaparse del camión, o como si es moral o no reflejar el mal. Eran menos temas y tratados con más profundidad.
Pero esta novela, no sé, me irrita aún más. Y no tengo claro por qué. Quizá porque no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice… (hala, qué fiasco. ¿Sólo por eso? No, no creo que sea sólo por eso. De algún modo me ha parecido que no se ha esforzado lo suficiente. )
Sí, hay obras de grandes escritores que dan la sensación de hacerse utilizando las sobras. O las notas.
02 Abr 2008
gana el tabú. Chesil Beach. Los no famosos 60.
Mencianr un tabú es ya empezar a desproveerlo de su divinidad. Hablar de él, de lo que no queríamos mirar, de cómo pulsa, sordo y constante, de cómo nuestras vidas giran en torno a él, es quitarle poder. Bien lo saber de siempre los represores: si no quieres que algo exista no has de prohibirlo; sólo has de no mencionarlo jamás.
Son sólo cuarenta años, cuarenta y pico años, los que separan 1962 (en
Dios, qué novela. Excepto por unas pocas páginas al final, todo ocurre en un par de horas: la cena, el silencio, la tensión. El deseo, casi la necesidad, de que estalle alguna tormenta, de que un grito o una patada hagan añicos el aire congelado en que se intentan mover los protagonistas. En ese par de horas se recuperan dos historias, un noviazgo, y una época en que la juventud aún no era lo único que merecía la pena de la vida.
Esto es antes de los famosos sesenta. Es los no famosos sesenta.
Y, a la vez que en Chesil Beach dos personas que se aman se observan a través de un silencio magnífico que sería poco creíble hoy en día –por más que pudiera ser perfectamente real-, a la vez, digo, qué poco cambia nada. Ian MacEwan utiliza una lupa para mirar el amor, el primer amor, el que hace que el universo se mantenga en suspenso en la yema de un dedo y estalle sobre la piel. Y qué poco pesa el amor en comparación con lo que pesa el silencio.
No había nada allí, en el silencio, nada por lo que mereciera la pena dar la vida... es lo que suele ocurrir con los silencios.
Sería interesante analizar si el sexo tenía más poder en el silencio o si tiene más poder ahora, en esta versión multiforme y superficial de nuestros días.
15 Feb 2008
Orhan Pamuk, Nieve

Si una novela es una obra en la que se entrecruzan la historia y el hombre, ésta, Nieve, es una muestra clarísima de que la novela está más viva que nunca.
Hacía mucho que no leía una novela tan ambiciosa, que abarcara todo: la sociedad, la historia, la política, el hombre, el amor, el arte, la soledad.
Soy una lectora sentimental, he de reconocerlo. Y no me avergüenzo. Me avergonzaría más ser una escritora sentimental, pero es que, dice Ka, el protagonista de Nieve:
“que un buen poeta sólo tiene que girar en torno a las poderosas verdades que encuentra ciertas pero en las que teme creer porque estropearían su poesía, y que es precisamente la música oculta de aquellos giros lo que forma su arte.”
Magnífico. Así pues, si cuando escribo huyo del sentimiento, de las pulsiones que más fuerza tienen en mi alma, porque me parecen basura y me avergüenzan, entonces… si algún día consiguiera ser una escritora, lo que se dice en serio, entonces, ese sentimiento estaría pulsando bajo mis palabras pero no sería intencionado, no sería el mensaje de esas palabras. Lo cual me gusta.
Porque así es Nieve, así son, creo yo, los grandes escritores: toda la humanidad –la grandeza y la miseria- mirando afuera.
Es una desgracia, pero los personajes son lo que me enamora de las obras de las que me enamoro. Es decir: si hablaba bien el otro día de Una investigación filosófica… no había allí ningún personaje que me hiciera estremecer, precisamente. Sin embargo aquí, en este pueblo aislado por la nieve, este copo habitado por personajes caricaturescos casi, este lugar demencial y real, onírico y prosaico, poético y político –uf-, hay gentes que me enamoran. Como Ka.
Ka es un personaje de ésos que a partir de ese momento utilizas para describir a otros. Un tipo extático, flipado con la belleza de todo, que no cesa de repetirse que no soporta tanta felicidad y que te hace llorar porque temes por él, al igual que él mismo teme por él porque es demasiada felicidad la que siente, y que despierta ternura, y simpatía. Una pena que poca gente más lo conozca. Así, no podré decir cuando hable de ciertas personas –no que haya conocido a muchas así, pero alguna ha habido- : “Sí, era un Ka adicto a las máquinas tragaperras” o “Sí, hombre, era todo un Ka”. Hasta es guapo, estoy segura.
Ah. Dije que era una desgracia que lo que más me guste sean los personajes, porque creo que si algún día consiguiera realizar esa proeza inalcanzable que es escribir una novela no conseguiría, de ningún modo, crear un personaje amable. Y a mí me gustaría que mi personaje fuera amable. Me gusta amar.
Bueno, qué. Nunca dije que no fuera a hablar de mí. Es el tipo de crítica –si crítica se puede llamar- que me gusta: la que se haga desde mi mí. Qué memé. Mimí.
Pero no sólo tiene a Ka, esta novela. A quien le guste la historia, a quien le guste la política, a quien le interese el Islam, cómo prende el integrismo, cómo prenden las mechas de la violencia, de la corrupción, del miedo, del vértigo. A quien le interese Turquía, fascinante país entre oriente y occidente, trágico, un caldo en que se cuece este mundo. A quien le interesen la integridad, el realismo, el fanatismo, el estupidismo… otra cita:
“-No basta con estar oprimido. Hay que tener razón. Y la mayoría de los oprimidos están equivocados hasta la estupidez. ¿En qué creemos?”
Lo siento pero este libro es un tesoro de citas. Va otra:
“Dios es lo bastante justo como para saber que el problema no es una cuestión de fe y lógica, sino de cómo se vive la vida entera.”
02 Feb 2008
Una investigación filosófica. ¿Por qué no matar?
¿En algún caso se puede justificar el asesinato? ¿Y si pudieras regresar en el tiempo y matar a Hitler? ¿Nunca os lo habéis preguntado? Puestos a ser pragmáticos, ¿por qué Raskolnikov se tomó las cosas tan a lo trágico? ¿No conocemos a muchas personas cuya muerte sería una bendición para muchos?
En torno a esa pregunta se construye esta magnífica novela entre la ciencia-ficción y el género detectivesco. Una investigación filosófica es, en realidad, eso: una investigación desde la filosofía en torno a esa pregunta: ¿Por qué o por qué no? ¿Quién establece las normas?
Es simple casualidad -mis lecturas no son programadas según un orden, sino que dependen de lo que tengo a mano, mi humor, la última película que haya visto, un comentario, y de muchos factores que podría detenerme algún día a analizar- que haya leído mi segundo libro de Philip Kerr y me haya gustado tanto como para decirl a todo el mundo que lo lea.
Porque Violetas de marzo, (dos artículos arriba) tenía gracia. Era una cosita, sin ser condescendiente, que se leía bien. No sé.
Pero Una investigación filosófica es mucho más. El protagonista y asesino Wittgenstein -sí, no sólo su nombre es paralelo al del filósofo autor del Tractatus- está convencido de que actúa por pura lógica. ¿Acaso aquellos a quienes asesina no son potencialmente más peligrosos que él mismo? ¿No es accesorio el que él disfrute u obtenga algún provecho a la vez? El lector no podrá evitar comprender, en parte al menos, sus planteamientos. Y probablemente le cueste un poco más ponerse del lado de la ley y el orden. Además: ¿qué es la ley y el orden? ¿La Inspectora Jefe Jake Jacowitcz o los también pragmáticos políticos?
La realidad virtual y el solipsismo. El suicidio. El asesinato terapéutico. El arte. La bioética. El derecho a la intimidad. El derecho a la seguridad. El arte.
Todos temas que esta novela trata de una manera tan original y lúcida como narrativamente acertada. Una buena idea para pasar un fin de semana si no te apetecen multitudes.
Si te entristece que las brasileñas y los brasileños tengan que llevar chandal debajo de los volantes y toquen silvatos tiritando en la noche vacía. Esperando que deje de llover.
7,81 € en Anagrama. Buen precio, eh. Con el céntimo incluído.
26 Ene 2008
Philip Kerr. Violetas de marzo.
Amí no me gusta, en general, la literatura de género. Eso, a pesar de que he pasado horas estupendas leyendo literatura de terror, erótica o de detectives. Pero supongo que por mi espíritu o voluntad anti-mitómana, no soy fan de un género u otro.
Lo que más me gusta son los “toques” o “aires” en una obra no de género. Por ejemplo, me gusta el surrealismo en una obra no surrealista, el erotismo en una obra no erótica, el suspense o un poli corrupto o un detective muy duro en una obra que no sea policíaca.
Todo esto para decir que no soy una fanática de la novela negra, en absoluto, lo cual no sé hasta qué punto es normal viviendo en Gijón. Por la semana negra y eso.
Todo esto es para hablar de Violetas de marzo, el primero de una trilogía de Philip Kerr desarrollada en el Berlín nazi. Kerr es un adorador de Dashiell Hammet, pero quién no. Y no lo hace mal. Tiene un gran sentido del humor, de ese humor un poco expresionista y un poco surrealista de Hammet. Es el tipo de literatura que a muchos les puede parecer ideal para pasar una tarde de domingo. Frases cortas, chistes, una dosis de palizas, una dosis de sexo, y otra de perdedores. El trasfondo histórico da el punto original a la obra: campos de concentración, SS, judíos, etc. Una visión original del contexto ya de por sí fascinante del Berlín de entreguerras.
A mi padre le encanta Philip Kerr. Creo que es filósofo.
En fin. Alguien que quiera pasar un buen rato, que busque una obra de este hombre. Podéis poneros un whisky, que pega bien, encender una lámpara de pie encima de vuestro sillón favorito, encender un cigarrillo si fumáis para poder mirar las volutas de humo –si no fumáis no podéis hacerlo- y leer en silencio.
Sobre este blog
Tienda de voces
Estefanía G.Tengo ganas de escribir a mano.
Un día de éstos me voy a conseguir papel. Y un bolígrafo.
Como mínimo imprimiré algo.
Lo juro.
Algo que pese, aunque sea un gramo.
Mandaré una carta a alguien.
Eso estaría bien.
Tenía una letra bonita en el colegio.
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