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Lumet tambien escribe

Hablando de Sidney Lumet, tengo que recomendar un libro de referencia para cualquier aficionado al cine titulado “Así se hacen las películas” y escrito de su puño y letra. Lo edita en España RIALP, dentro de su colección Libros de Cine, y hace unos dos o tres años iba ya por la 3ª edición.

Como bien indica el título, son doscientas páginas en las que el maestro del cine moderno americano disecciona su punto de vista sobre el negocio, pero alejado de retoricismos y figuras literarias. Lo suyo, como diría Sam Fuller, es acción pura, directo al grano, expresándose con el lector de tú a tú, como explicando a un amigo el entramado que se esconde detrás de las cámaras.

En el libro está todo lo que hay que saber para comprender un rodaje. La lectura del guión y su análisis. El período de pre-producción. El trabajo con los actores. El horario de rodaje, con sus madrugones y la preparación del día en la furgoneta. La fotografía y el montaje. La idea de puesta en escena. Lumet desvela todos sus secretos con una abrumadora sencillez, como son sus películas. Incluye multitud de anécdotas que ayudan a entender las ideas que propone. Da ejemplos de su propia obra y no se para a valorar su cine, no trata de hacer balances ni reflexiones personales. “Así se hacen las películas” es una clase de cómo hacer cine y por qué hacerlo.

Dice, entre sus páginas, que para hacer una película hay que saber las razones que te impulsan a ello, que pueden ser muchas, desde trabajar con un determinado actor a experimentar un tipo de fotografía. Pero la mayor enseñanza que se extrae es que el director debe saber resumir su película en una frase. Tener tan claro lo que está contando a través del guión, de los actores, de la puesta en escena o el sonido que logre integrar todos los elementos en la misma dirección. En ese sentido, se puede explicar todo su cine desde que comenzara allá por los años cincuenta con la obra maestra “Doce hombres sin piedad”.

En referencia a su última obra “Antes que el diablo sepa que has muerto”, reconozco, a pesar de lo dicho en el anterior post, que Lumet continúa demostrando coherencia y saber hacer. Para atacar este tipo de historia, se vale de una puesta en escena muy agobiante, con muchos teleobjetivos que delimitan el interés a los rostros, a los escenarios cargados y las relaciones entre personajes. Difumina los contornos y se centra en planos cortos de gran fuerza, valiéndose de una dirección artística con espacios cargados o, por el contrario, vacíos, yermos; espacios que transmiten soledad, aislamiento y fracaso en un contraste permanente de luz y oscuridad.

El estilo de Lumet es perfecto para cualquier aspirante a director o simple aficionado. Nunca trata de lucirse con la cámara. No busca revolucionar el séptimo arte. No se reviste de ninguna capa. Sus película son honestas, duras, realistas, humanas. Muestran lo que hay que ver a través de sus ojos y escudriñan las posibilidades del medio para contar una historia llegando al corazón de la misma. Cumplió el año pasado cincuenta y un años dedicado a este negocio a un ritmo acelerado de casi una película al año. Y, a partir de ahora, todo lo que haga será un regalo efímero hasta que llegue el momento de su retiro permanente.

“Antes de que el diablo sepa que has muerto” tiene lo mejor y lo peor de su cine, porque también es verdad que depende en gran medida de los guiones con los que trabaja. “Veredicto final” continúa siendo una de sus grandes películas porque se apoya en el fantástico guión de David Mamet. Pero “Power”, con Richard Gere, falla en su cometido al decaer en interés según avanza, aunque la dirección sea como siempre magistral.

Su libro “Así se hacen las películas” recoge el pensamiento de un experto en cine que dice frases como “A mi entender, el buen estilo no se ve. Se siente” o “Una cosa siempre se relaciona con otra, nunca es un elemento aislado”. El sabor de los clásicos, de los grandes resumido en unas pocas páginas. Imprescindible.

No a "Antes que el diablo sepa..."

En esto del cine la subjetividad es algo contradictorio en la que influyen múltiples circunstancias que a veces desconocemos. En ocasiones el criterio no basta para explicar totalmente la opinión que merece una película, porque el mismo razonamiento valdría para afirmar todo lo contrario. Efectivamente, no me gusta “Antes que el diablo sepa que has muerto”, la última película de Sidney Lumet que ha ganado el aplauso unánime de la crítica y optará con toda seguridad a varios premios este año. Y no porque no me atraiga ese tipo de cine, ya que admiro casi toda la filmografía de Lumet con su estilo urbano y directo de sincero artesano. Acudí al cine, de hecho, convencido de que iba a disfrutar con la película. Pero me llevé una de las mayores decepciones del 2008.

No creo, para empezar, que su estructura funcione en ningún momento como el mecanismo de relojería que pretende ser. Su manera de alejar los hechos de las causas y estos, así mismo, de sus consecuencias, aparte de ser ya recurrente en cierto cine coral, provoca una confusión que no beneficia al diseño de los personajes ni a su desarrollo, quizás, como mucho, a la progresión en la que van forjándose sus desgracias. Un argumento tan interesante y tan complejo a nivel humano merecía un tratamiento absolutamente honesto y conciso, para lo que una estructura sencilla hubiera dado una perspectiva más brutal, dejando los saltos del punto de vista en tres o cuatro partes bien dispuestas.

Pero éste no es, a mi modo de ver, su mayor problema, que radica en la incapacidad del guión –sobre todo el guión, también la dirección– para crear unos personajes tan ambiguos, retorcidos y atormentados como debieran ser. Desde el primer momento uno cala completamente a Philip Seymour Hoffman, que saca adelante a un protagonista repulsivo y, en muchos momentos, inverosímil por encasillable en el estereotipo del triunfador que pierde su alma, vacío por dentro y arruinado por fuera. Todas sus decisiones resultan previsibles por no hablar del hermano que interpreta Ethan Hawke, otro perdedor pero éste integral, de los que son engañados una y otra vez para cansancio del espectador. No hay un solo personaje positivo en toda la obra, ni la exmujer avara y desagradecida de Amy Ryan ni los odiosos padres protagonistas ni siquiera el de Marisa Tomei, la esencia de la contradicción, cuyas motivaciones son absolutamente indescifrables, ya que no se entiende que esté enamorada de su marido ni que lo engañe ni luego que lo abandone. De hecho y como principio ¿cómo pueden ser hermanos Hawke y Seymour Hoffman?

“Antes que el diablo sepa que has muerto” tiene a su favor muchas bazas que desaprovecha. Lo mejor es la historia que cuenta, la destrucción total y repugnante de una familia alimentada de odios, violencia y resentimientos añejos. Como si se tratara de una obra de Shakespeare, busca la emoción pura sin añadidos, el estudio humano de unos hechos que se desencadenan solos para horror del público y terminan en una escena magistral que debería valerle un Oscar a Albert Finney. Pero el estilo con que es contada la historia engaña y marea, yendo atrás y adelante para aportar información que no necesitamos y que sólo se suma a la anterior para completar un puzzle demasiado obvio desde el principio.

Desde mi punto de vista siempre, y respetando a todos aquellos a los que le parece una joya, se trata de una película muy desaprovechada que, sin ninguna duda, no habría sido rodada así de ser Lumet más joven, en aquellos tiempos de “Tarde de perros” o “Serpico”.

Lo que queda son odios, llamas, miedos, muertes. Pero también una decepción de gran calidad.

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