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Cine mainstream

Criticar al mainstream de Hollywood se ha convertido en algo tan obvio que, generalmente, carece de un razonamiento previo. No hace falta argumentar tu rechazo al cine comercial porque se da por hecho, es algo evidente para cualquiera con un mínimo índice cultural. Yo mismo, en ocasiones, ni me planteo en qué baso ese desprecio que me parece razonable. Ni siquiera las veo. Dos horas son muchas horas de un solo día y nunca va a faltar en qué gastarlas. Pero, al mismo tiempo, siento tentaciones por meterme en alguna de ellas y darles otra oportunidad, elegir una que tenga buen aspecto –y la mayoría lo tienen, por eso es Hollywood– y volcar toda mi paciencia para concentrarme en ella.

Lo hice con el estreno reciente de “La conspiración del pánico” de D. J. Caruso, un thriller de acción con Shia LaBeouf que produce el propio Spielberg –¿qué habrá visto en LaBeouf como para gastarse toda su fortuna en convertirle en una estrella?–. Película de éxito, líder de la taquilla durante una semana y con 80 millones de presupuesto, trata un tema muy interesante hoy en día como son las consecuencias de la Ley Antiterrorista en la libertad individual, acudiendo a los peores augurios sobre el control tecnológico y la ausencia de privacidad en el futuro más cercano.

El inicio de la cinta ya es brillante. Dos personajes en principio anónimos y aleatorios son activados por una misteriosa organización que controla toda la tecnología del país. Les obligan a seguir sus órdenes, les toman como marionetas en un juego que no comprenden y que tiene a la propia policía a cuadros. Algo está sobre nosotros y, cuando quiera, puede cambiar nuestra vida o, si le apetece, destruirla. Las guerras entre gobiernos y terroristas se han vuelto tan complejas y ambiguas que nunca puedes estar seguro de cuál es tu bando. ¿Quiénes son los buenos y quiénes son los malos?

Esta premisa podría haber dado para un excelente thriller, sobre todo profundizando en la trama científica y en las conexiones gubernamentales del invento. Lamentablemente, con Hollywood hemos topado. Cualquier productor de segunda sabe que el público quiere pasarlo bien. Y eso significa escenas de acción interminables, borrosas y aburridas, molestas y ruidosas que asaltan el film cada veinte minutos como aquel famoso sketch de “El sentido de la vida”. Significa, así mismo, dos personajes mortalmente sosos, insulsos, personajes ausentes, carentes de profundidad, tópicos, convencionales. LaBeouf y Monaghan, sobre todo ella, echan en falta algo de carisma a pesar de que no son tan malos como muchos otros que podrían haberles sustituido. Simplemente cumplen y nada más. Están donde tienen que estar.

Por no desvelar el desarrollo de la trama, “La conspiración del pánico” se atasca en un razonamiento final equivocado por inofensivo. Tiene una última media hora fatal en todos los sentidos. Desperdicia sus oportunidades en un clímax brutal de cuarenta minutos que agota, no da respiración al público para asimilar si todo eso que muestran tiene sentido o no. Y yo creo que no. Como fichar a Rosario Dawson para un papel de burócrata trajeada que apenas aparece, que no luce por ningún sitio.

Realización plana, sin nada interesante. Fotografía correcta, espectacular, por eso mismo tan floja y blanda como el resto de la película. Salvar, por salvar, la primera media hora en su mayor parte, especialmente una escena en el metro que demuestra el terror al que puede llevarnos la tecnología. Poco más, a fin de cuentas. Un guión en Hollywood pasa tantas cribas absurdas que acaba convirtiéndose en una plantilla, en un modelo prefabricado del que no se puede salir nadie. Y D. J. Caruso, como director, no es precisamente el hombre indicado. Cuatro guionistas en los títulos de crédito significan ocho o diez más detrás de estos. Cobrando o sin cobrar.

Pero lo que más molesto resulta del film es que todo sirve, al final, para lanzar un nuevo mensaje patriota sobre el poder de los Estados Unidos, con héroes mártires que reciben medallas en homenajes abanderados y sufridos funcionarios dando su vida por salvar la del presidente. Que nadie se engañe. Ya no existe el entretenimiento neutral y filantrópico. Hoy en día todo es un discurso político y, cuanto menos lo parece, más peligroso resulta.

Joyas de reciclaje

Una ventaja innegable de Internet es que permite mostrar gratuitamente piezas por las que nadie apostaría como valor comercial caso de cortometrajes antiguos, videos caseros, películas de súper 8 o anuncios desfasados que ya sólo hacen reír. En el caso de estrenos descargados todavía podrías sentirte culpable, pero con este tipo de material ni el mismísimo presidente de la SGAE se molestaría en rebatírtelo. Y, aunque se trata de un universo más cercano a un basurero que a una exposición, digámoslo ya, también es cierto que se pueden encontrar objetos valiosos entre la basura. Por ejemplo, los inicios de directores consagrados que filmaban sus primeras obras en el terreno del cortometraje. Es el caso de “Amblin’” de Spielberg, “Doodlebug” de Nolan o “Dos hombres y un armario” de Roman Polanski.

La primera de ellas es conocida como el primer corto terminado del “rey Midas”, que lo presentó para su graduación en la Escuela de Cine. Se puede situar en la etapa hippie de Spielberg, quien también la tuvo, y narra la historia de amor entre dos autostopistas durante un verano. Realmente no interesa demasiado su argumento ni tampoco la creación de escenas, pues todo es de una sencillez consciente y pretendida. Su tono tampoco sorprende, entre la blandura y la simpatía con cierto regusto mojigato de gran parte de su cine, visible en la escena de sexo elidida pero presentada. En cambio, sorprende su notable talento en la puesta en escena y, sobre todo, en el ritmo de veinte minutos largos sin un solo diálogo, acompañados por música de guitarra y la sucesión de planos –digo planos y no escenas– de indudable vitalidad y juventud. “Amblin’” resulta una obra humilde pero muy bella en la que se palpa la ilusión tanto en hacer cine como en la vida misma.

“Doodlebug” de Nolan dura, por el contrario, tres minutos intensos que parecen antecedente claro del “Pi” de Aronofsky. Blanco y negro en 16 mm, fotografía granulada y un único escenario, un apartamento donde el protagonista busca obsesivamente lo que suponemos será un insecto. Para no contar el final del corto, decir que se trata de un relato típico de desdoblamientos y simultaneidad de los cuales todo el mundo tiene uno. Pero el suyo está muy bien rodado, utiliza unas transparencias bastante rudimentarias pero efectivas y no deja de sorprender por su intento de serie b underground. Sabe a muy poco, lamentablemente. Y aún así no traiciona al realizador de “Memento” interesado siempre en explorar los recovecos de la mente humana.

Por último, “Dos hombres y un armario” es algo completamente distinto como hijo de otra época y otra cultura. Es, de toda la obra de Polanski, la más próxima al nuevo cine europeo de los sesenta, destacable por el blanco y negro, la falta de medios y la originalidad para criticar las estructuras sociales mediante hábiles metáforas. En este caso, dos hombres que salen del mar un día como cualquier otro portando un armario, un simple armario de dormitorio. Su aventura es pasear por la ciudad tratando de comer en un restaurante, haciendo el turista por las calles o cruzándose con maleantes que los acosan. Y, cuando llega la noche, vuelta a zambullirse en el mar por donde han venido. Humor absurdo sin revestimientos, simple y dura metáfora de la intolerancia en forma de armario. Incluso hay una escena de violencia –con el propio Polanski de actor– que recuerda mucho a la de “Chinatown” en que Polanski, de nuevo, le corta la nariz a Jack Nicholson.

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