24 Dic 2007
Cosas veredes
Cuatro eran las niñas L., cuatro.
Cuatro y tres que sobrevivieron a su padre, un rudo y bigotudo checo que, por su amistad con Franzl B., es el nexo con la familia de la que relata las historias de este blog.
Lolina L. era la menor. Se le murió a su madre Generosa en los brazos cuando apenas contaba unos meses de edad, víctima de una tuberculosis fulminante, y siendo procedida en la muerte, sólo algunas semanas después, por su desventurado padre, que por no llegar no llegaba ni a los cuarenta años.
La desventurada Lolina no llegó a alcanzar la madurez, como digo, y por tanto nos sabemos si hubiera sido guapa o fea, pero probablemente no fuera ni lo uno ni lo otro, sino que, como sus hermanas, llegase a ser una diosa. Una diosa del Gijón de época de guerra, entiéndase. Altas, bien proporcionadas, rubias, ojiazuladas, de facciones esbeltas, tremendas, como actrices de Jolibú, que se diría.
Ángeles L. era la mayor. Una poderosa rubina de pelo ensortijado y alocado, apasionada del cine y la playa por la que, ancianísima ya y la mente nublada por el Alzheimer, se escaparía de casa constantemente, tumbona bajo el brazo y sombrerín de color. Esta hermana L. se casaría, de repente y sin por qués, como lo hacía todo, con un llanerense enamoradísimo de sus huesos y que le haría dos hijos -la menor heredó el nombre y la belleza de la madre y triunfó en la capital como modelo de postín-. Como tantos otros, el matrimonio hasta entonces feliz lo destrozó la guerra. Él se fue, luchó por la República y fue condenado a muerte. Dios sabe cómo se salvó. Pero tanto y tanto, Ángeles tenía que sacar adelante a dos niños, de modo que sacó a pasear su buen hacer por la calle y se metió a trabajar en las galletas Cuétara. ¿Por aburrimiento, por prosperar en el trabajo? Quién sabe por qué, pero mientras su marido le escribía textos de amor en la cárcel ella encerraba a los niños en la habitación y se tiraba al jefe de planta en la cama que tan triste había dejado la guerra. Fue sólo el primero. Cuando él volvió, Ángeles ya estaba acostumbrada a la variedad y la monogamia le aburría. Y la ciudad. Cuando la circunstancia -la terrible tuberculosis que se había llevado a su padre y su hermanita había atacado, recién salido de la cárcel, al marido- lo permitió, se fue a Madrid para no volver (o al menos con esa idea) y lloró amarga la muerte del marido. Años más tarde, muchas de las crisis de su hijo mayor, enfermo -de nuevo- de tuberculosis, la pillarían fuera de casa, del brazo de señores de compañía. Aún hoy, años después de su muerte, sus fotos siguen revolucionando a quien las mira : esos ojos traviesos, ese pelo de duendecilla sin domar.
Amparo L. era la tercera. Cuando no tenía ni veinte años se quedó embarazadísima y, por tanto, en un brete. Manuel, que la pretendía, fue el elegido para ocultar la deshonra que crecía en su barriga y así se casaron, precipitada y atragantadamente, nota de prensa de por medio y teniendo como madrina de boda, precisamente, a nuestra Antonie B. (por aquel entonces, aproximadamente 1925, ya españolizada a Antonia). El enamoramiento, si es que alguna vez lo hubo, se desvaneció muy pronto. La guerra les dejó con una mano delante y otra detrás y Amparo, acostumbrada a que su joven y próspero marido la colmase de joyas, vestidos y dinero, tuvo que vestirse de telas que raspaban y ocultar, de nuevo, una deshonra más. Ya hacía tiempo que él no le hacía demasiado caso. Los ojos de su marido iban a parar a otro tipo de personas. Muy probablemente Amparo, demente, enloquecida, desesperada, en su lecho de muerte muchos años después, abandonada y sudorosa, ya lo supiera. Probablemente ya supiera que los versos que su marido -que triunfó como poeta, válgame el cielo, quién lo iba a decir- le dedicaba amorosos eran falsos. Amparo no era tonta. En absoluto. Sabía de sobra que a su marido, que la sobreviviría -y sobrevive- realmente muchísimos años, le encantaban las niñas. Lo sabía. Y le repelía. Como a cualquier persona decente.
Pilar L., por último, fue la segunda. Y después de las dos historias anteriores, puede que la más tiempo disfrutó de fortuna personal ... aunque luego la perdió de golpe. Ella, que se hinchaba el pecho con algodones cuando iba con sus hermanas para aparentar más bonita aunque lo fuera de sobra, se casó con un niño bien. Un niño bien, guapirrísimo, Acción-Catolicísimo, VivaCristoRey y ArribaEspaña que escribía cartas en elegantes hojas de papel sellado con su redundante nombre y que la llevó, mientras le hacía hijos e hijos (todos los que mandase Dios), a Madrid en volandas, aúpado por el Régimen, de algodón y oro hasta la calle de Alcalá. Pasaron los años y Pilar, cómo no, empezó a ser conocida por la capital como una de las señoras de alta sociedad más hermosas de la fecha. Elegante, todo en su sitio (quizás algún algodón aún escondido bajo el sostén), excitadora y causante de miradas. Pero él, poco a poco, al tiempo que los rumores aumentaban, iba queriéndola menos. Un aciago día le dieron una dirección. Allí vive su amante, le dijeron. Allí se la pasa por la piedra, allí es como si fuera su marido, allí te otorga esa graciosa cornamenta, allí. Y Pilar fue, enfurecida como una leona. Le abrió la puerta una vieja patizamba, bigotuda, oronda y basta señorota que, efectivamente, resultó ser la querida de su esposo, que estaba a sólo un par de metros ... cambiándole la bombilla del hall. Pilar lloró, lloró, lloró y creyó morir, pero a sabiendas que ella moriría matando. Bastó una simple llamada a Acción Católica, informándoles de la situación, para que él perdiera todo lo que tenía. Su puesto, su posición social, todo. Mucho tiempo después, cuando la pobreza en la que desde ese mismo momento él se sumió acabó por matarlo, La Patizamba (nombre que le pusieron de forma extraoficial, maliciosas y heridas, Generosa, la madre de las hermanas L., y su amiga y vieja conocida nuestra Antonie) llamó a Pilar. Tu marido ha muerto. Y ella, que no había conocido varón desde aquel día en se había abandonado con él, y que aún le extrañaba, fue a velarle. Cuando llegó, La Patizamba salió con algo sorprendente : Yo no pienso cargar con el muerto (nunca mejor dicho), te lo llevas, con su caja y todo, tú, que para eso eres aún la esposa legal.
Cosas veredes, Sancho ... ésta, y sólo ésta, es la desgraciada historia de las hermanas L.
15 Dic 2007
La historia de amor de María del Pilar
María del Pilar es nombre de niña bien, diga lo que diga en Libertarias (Vicente Aranda, 1996) el personaje homónimo de Ana Belén. Mari Pili, lo admito, puede que sea un nombre algo menos clasista, pero si a la niña la llaman con el del en medio, dénse por seguros de que estaremos ante la hija de una familia o bien acomodada o bien de la España conservadora y tradicionalista. Al menos, allá por 1940, aquella era la norma en Asturias.
María del Pilar, por tanto, era de una familia bien, o que, al menos, había sido una familia bien, aunque se apellidara de forma bastante mundana : García Martínez. El padre, un conocido industrial de Salas, era un hombre de misa diaria; la madre, Julia, no sólo eso. Ella hubiera ido, incluso, a más de una misa al día, si le hubieran dejado. Cuando María del Pilar nació y pasó de ser innominado a María del Pilar García Martínez, la familia se vestía de algodón y seda. Poco después, las desbandadas del padre echaron al traste la mantequera que les daba el sueldo y acabaron en la nada, pero eso es otra historia
El caso es que cuando María del Pilar se quedó huérfana de padre, ella y su cohorte de hermanos y madre se fueron a Gijón. Y Gijón, como se narra en nuestra anterior historia, era una ciudad donde las chicas de pueblo solían perderse. Julina y Charo, las hermanas de María del Pilar, resistieron a la tentación, pero ella no pudo. Tenía dieciocho años y ganas de vivir lo más rápido posible, y como no podía ser de otra manera, se enamoró.
A su madre le dió un vahído cuando se enteró -probablemente minutos antes o después de asistir a la misa de turno- que quien había robado el corazón de su hijita era un muchacho bien situado, sí, pero comunista hasta la médula (en realidad no se sabe con certeza si era anarquista, comunista o socialista, pero, en aquel tiempo, a todo se le daba el mismo nombre) y salvajemente ateo. Ni los castigos, ni las lágrimas, ni las reprimendas, ni los ruegos, ni los consejos sirvieron para que María del Pilar reaccionara y se buscara a alguien más afín a los gustos religioso-políticos de la madre. La muchacha no se bajaba de la burra ... y hubo que aceptar. Qué remedio quedaba. Julia pensó que, después de todo, quizás pudiera llegar a tener una relación semicordial con su futuro yerno, y un día llamó a su hija a la habitación y le dio permiso para casarse con él.
Pero claro.
Para casarse con él...
como Dios manda.
Y no sólo lo mandaba Dios, también el Estado por el que había luchado con ahínco el hermano mayor de María del Pilar, Ignacio, que ya conocimos por estos lares gracias a su relación con la bella Eugenia B. María del Pilar, aunque casi una niña, sabía que su amado no aceptaría la propuesta, por más que tuviera amigos que, a pesar de sus convicciones agnósticas y ateas, hubieran tolerado casarse con sus respectivas por la Iglesia. Él no lo iba a hacer, porque antes... antes de eso, ¡antes se lo llevarían los demonios en los que no creía ni creería, arrastrándolo del pantalón!.
- Yo quiero casarme contigo, mi Pilar, porque te amo. Pero sólo, sólo, ¡sólo lharé por lo civil!
- Pero ... pero eso es imposible.
- Es posible, ¡claro que lo es! Pero tendremos que irnos de este país infestado de curas... tendremos que cruzar el mar, llegar a México. Allí nos casarán y viviremos libres de Dios y libres de mierdas.
La madre Julia jamás habría consentido tal cosa y ambos lo sabían, de modo que tomaron la decisión más importante de sus vidas. El dinero lo consiguieron trabajando duro y convenciendo a todo el mundo de que la boda católica seguía en pie, empeñando a escondidas los regalos y guardando celosamente todo el dinero que consiguieron, incluso, exhibiendo el flamante vestido de novia de María del Pilar, blanco como la nieve -algo raro para la época-, en un escaparate de modas del centro de la ciudad. Ése, el vestido, había sido el regalo de Julia a su díscola hija y el orgullo de la familia.
El dinero necesario lo consiguieron apenas una semana antes del día de autos, y los billetes, pocos días después. La boda se celebraría a las 12. Aquel día María del Pilar madrugó. Llevaba días haciendo las maletas que, aseguraba, iba a llevar al viaje de novios al que partirían aquella noche. A nadie le pareció que fueran demasiadas, porque, tarde tras tarde, ella bajaba la maleta llena sin que nadie la viera y la vaciaba en casa de su prometido, y así, cual Dalila tejiendo y destejiendo, iba llevándose todo lo que tenía.
- Madre...
- ¿Desvelada a estas horas, hija?. Sólo son las 6 de la mañana.
- Tengo que ir al peluquero, madre...
- Cierto es. Con ese vestido tu pelo no puede desentonar. Deja que me prepare y...
- ¡No quiero que me acompañes!
- ¡¿Por qué?!
- Porque... porque... porque debe ser una sorpresa, madre, porque debe ser una sorpresa.
Y Julia despidió a su hija en la ignorancia de que, en realidad, jamás la volvería a ver.
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Avisada Policía, cura, restaurante, invitados, familia cercana, familia lejana, amigos, amigas, interrogados las compañeras de confidencias de la novia, los compañeros del trabajo del novio, el teléfono sonó en el bar de abajo de la casa y un mozo subió corriendo a buscar a Julia. Al otro lado de la línea, María del Pilar.
- Mamá...
- ¡¡Dios santo!!, ¡¡Dios santo, hija, ¿qué te ha pasado?!!
- Estoy en Bilbao, mamá.
- ¡¡¿Qué?!!
- Estoy en Bilbao y en diez minutos embarcaremos a México, para casarnos civilmente... lo hemos hecho porque sabíamos que tú no lo consentirías...
- ...
- Escribiré, mamá...
- ...
- Sabréis de mí, escribiré, volveré a visitaros.
- ¡No hace falta nada! ¡No quiero saber nada más de tí!
Y nunca, nunca más se supo.
05 Dic 2007
Causa de la muerte
A finales de 2007 una funcionaria cansada abrió un viejo tomo de registros de defunción lleno de polvo por la página correcta y sacó el certificado de José María, que alcanzó la muerte cuando la mañana estaba abriéndose, perezosa, en la ciudad de Gijón del aciago verano de 1939. A escasas dos semanas de cumplir los 30 años, el aserrador -de manos grandes, fuertes, duras, acostumbradas al hambre y al trabajo duro, acostumbradas a empuñar un fusil y a cargar con compañeros heridos- cayó muerto sobre la tierra. El papel que, a finales de 2007, la cansada funcionaria fotocopió, aseguraba que lo que había matado a quien su familia y amigos llamaban cariñosamente Joseín era una mera hemorragia interna. Lo decía el Juzgado Militar número 1. Y punto y aparte.
Joseín fue el primogénito varón de una pareja mal avenida que ya había tenido una niña y varios intentos fallidos de dar con un muchachote. Hacía mucho calor cuando él nació, a mediados de 1910, en una mísera aldea del oriente de Asturias. Llevaba el nombre de su padre, y quizás por eso siempre había sido su favorito ... bueno, eso creían todos. Cuando se hizo mozo, Joseín demostró que no era como sus hermanos. En eso también había salido al padre : no se callaba ni debajo de las piedras. Sus hermanos preferían no oír ni hablar de lo que pasaba en política. Les parecía tan lejano e inútil... Pero él no, él no, él tenía una idea. Una idea que cambiaría el mundo y lo haría mejor. No tenía ni ventiún años cuando se proclamó la República, pero saltó de alegría al enterarse y contribuir a ella. Le partió la cara a más de un filofascista del pueblo. Se casó civilmente y sin Dios con su María Luisa. Habló de justicia y libertad en el bar del pueblo y brindó con vino después. Su padre era sindicalista y, aparentemente, estaba orgulloso de él. Muy orgulloso. Aparentemente.

Cuando los rebeldes rompieron la paz, José María no se lo pensó dos veces. Se alistó con la idea de que la guerra sería corta y pronto todo volvería a ser como lo habían soñado. Ascendió rápidamente, porque no fue así. La guerra duró. Se prolongó demasiado. Entró como brigada, llegó a teniente del batallón. Marchó a Euskadi con sus compañeros, volvió enfermo pero con ganas de luchar de nuevo. Y un día se dio cuenta que todo estaba perdido. Sus sueños, su lucha, sus ilusiones. Supo antes que nadie que la guerra había acabado y que ellos la habían perdido. Que, a partir de ahora, las cosas serían más negras. Y, consciente de ello y con la cabeza gacha de quien se sabe perdedor, de quien sabe que lo va a pasar mal, volvió a casa cuando ya no tenía más fuerzas para pegar tiros.
Tuvo la mala suerte de estar de visita en casa de sus padres cuando su padre estaba tomándose unas pintas en el bar y de abrir la puerta cuando el mismo filofascista al que años antes había partido la boca picó. Tuvo la mala suerte de que le reconocieran al instante. Tuvo la mala suerte, en fin, que su padre jamás respondiera a la amenaza de los soldados a los que tantas veces había llamado cobardes en sus charlas de bar.Si no te presentas tú, mataremos a tu hijo, dijeron. Feliciana, la madre, lloró lágrimas de sangre. Ella hubiera preferido perder al marido que tanto la había decepcionado, no al hijo que había parido de sus entrañas. Y el tiempo pasó, pasaron los meses.
En la cárcel, su hermana Nora (Hono la llamaba su marido) y la sobrina huérfana, Edita, se turnaban para llevarle cosas que echarse a la boca. Lo que podían. Nora iba con la cesta bajo el brazo, andares rimbombantes y ojos de leona, a pie, de La Arena al Coto, y se enfrentaba a los guardias. Edita, quince desgraciados años a las espaldas, se contenía las lágrimas cuando le devolvían la cesta y le escupían un no puede pasar, aunque sólo lo hicieran por joder y no porque aquella mísera cesta contuviera algo peligroso para la patria, para España y para Dios y para los jodidos generalísimos.
Una mañana calurosa le devolvieron la cesta a Edita.
- Ya no está aquí, no lo busques.
- ....
- Ya le han dado a tu tiíto rojo lo que se merecía, niña.
Y Edita corrió del Coto a la Arena, muerta de lágrimas.
A las 7 de la mañana Joseín había caído de rodillas sobre la tierra del cementerio de Ceares, rodeado de sangre, rodeado de compañeros. Y, minutos después de fusilarle de forma vil, sus mismos asesinos habían firmado el certificado que lo decía muerto por una causa falsa, tan falsa como el amor que su padre jamás sintió por alguno de sus diez hijos.
28 Nov 2007
Promesas de futuro
Eugenia, de largo la más curiosa de todas las hermanas B.B., agarró de la mano a Ignacio el día antes de casarse.
Ella era alta, rubia, despampanante. Él aún no se explicaba cómo había conquistado a aquella walkyria del barrio del Llano, pero lo había hecho. Y había convencido a sus padres de que era digno de ella. Aquello era aún más importante, porque los padres de Eugenia no eran lo que se dijera muy tolerantes con las parejas de sus hijos. Les habían puesto pegas a todas, a todas, menos a las de sus vástagos femeninos. Quién sabe por qué. Probablemente porque les pillase ya viejos (Eugenia y sus dos hermanas eran las más jóvenes de toda la prole B.B.), o quizás porque a la madre Antonie le cayeran mejor, por lo general, los hombres. Fueron, desde luego, demasiado tolerantes al consentir el matrimonio de Antonia, que menuda pieza se llevó a casa. O el de Herminia, cuya dadaísta historia al final de su vida resume perfectamente de qué tipo humano era su marido. Pero volvamos a lo que nos ocupa.
Eugenia, que hasta tenía nombre de noble aunque no tuviera un duro (la habían venido a llamar Victoria Eugenia Carolina), clavó, como digo, sus ojos intensamente azules en Ignacio, que era el prototipo de hombre español : moreno y normalito.
- Ignacio...
- Dime, reina.
- Has de prometerme una cosuca...
- Te prometo la luna, si quieres.
- Meh, no seas necio.
- Di, amor.
- Es que me da vergüenza preguntar.
- ¡No te de vergüenza, reina mora!
- Es que...
- Vamos, amor.
- Prométeme...
- ¿Sí?
- ¡Prométeme que no has matado a nadie en tu vida!
Shock total. ¡Ignacio no había matado a nadie jamás! Cualquiera podría haberlo hecho menos él. Él era un hombre honrado, y la mejor prueba de ello es que era temeroso de Dios, conservador, recto en las costumbres, de misa diaria y le horrorizaban los libertinos.
- ¡¡¿Pero cómo puedes preguntarme eso?!!
- No me fío.
- ¡¿Pero cómo puedes no fiarte de eso, mujer?!
- Ay, yo que se. Que te veo como que tienes el bazo de matar a alguien, qué se yo.
- ¡¡Yo no he matado a nadie en la vida!! ¡¿Te enteras?!
Y al día siguiente se casaron. El problema es que se casaron poco antes, muy poco antes, de que empezara la Guerra Civil. Quizás, para haber obtenido una respuesta algo más exacta, la joven y recelosa Eugenia debería haber preguntado a su prometido a efectos de futuro.
26 Nov 2007
Medio sarrdena

- .. ¿Sssí?
- Que sí, Antonia. Tú fáeme caso.
- Yo..
- ¡Coime!, ¡qué receloses, las europeas!
Y Antonia fue garbosa a la Pescadería Municipal, mirando el mar (ella nació entre montañas) con los ojos como platos durante todo el trayecto. Y se plantó enfrente de una de las pescaderas con su papelito garabateado. Los primeros días se limitaba a tenderle el papel a la pescadera y dejar que ella la sirviera, pero se le presentaron dos problemas : una, la cabezonería de František con lo de que aprendiera español. La otra, y más importante, que la mayoría de pescaderas no sabían leer y le tiraban el papel a los morros, envilecidas por tal afrenta intelectual.
La pescadera, una desgarbada y pequeñita mujer de malos modos, gritona y de brazos en jarra, se quedó planchada al verle la cara, que la denunciaba a gritos como teutona de pura cepa.
- ¿Qué vas querer?
- Sssar..sssardena. Medio.
- ¿Media sardina?
- ¡Sarrrdena! ¡Medio!
- ¿Mediu kilo sardines?
- Medio sarrdena. Y...
- A ver, oh, roxa. Mediu de sardines, ¿y qué mas?
- Y unas de sapu...
- Esta ye tonta.
- Unas de sapta...
- ...?
- ¡¡Unas de hijasdeputa!!
(descojone general)
- Ay muyer. Señálame a ver, que paézme a mí que tuvieron tomándote el pelo...
Y Antonia señaló a las japutas, o palometas, de la pescadera.
..
...
..
- Ahoj, Tonie!
- #gr/(~@$·####!!!!!!!
- ... ?
- ¡¡¡Essssspanyoles LOCOS, Franzl!!! ¡¡¡LOCOS!!!
Antonie y František habían llegado meses atrás, a finales de 1901, desde Viena. Ambos procedían de la actual República Checa, pero se habían conocido poéticamente en Viena. Antonie cocinera y niñera, František estudiante de químicas y patriota soldado tirador del ejército austrohúngaro. La oferta de la fábrica Laviada, que en los últimos años del siglo XIX se había desarrollado espectacularment, llegó cuando ya estaban casados y con un hijo y de forma muy jugosa : a cambio de dejar atrás Austria Hungría, con sus amigos y familia, Gijón les esperaba con los brazos abiertos, sueldo fijo y casa incorporada.
Y -que se lo fueran a decir a Antonie-, aprender español, playu, la sorna gijonesa y la forma correcta de llamar a los pescados -todo a la vez- no les iba a resultar, desde luego, nada fácil.
25 Nov 2007
Toda una vida
no me importa en qué forma,
ni cómo ni dónde, pero junto a tí.
Toda una vida te estaría mimando,
te estaría cuidando como cuido mi vida,
que la vivo por ti.
No me cansaría de decirte siempre,
pero siempre, siempre,
que eres en mi vida ansiedad,
angustia y desesperación.
Toda una vida me estaría contigo,
no me importa en qué forma,
ni cómo, ni dónde, pero junto a tí.
Mil veces bailarían Hono y José esta canción (explotada hasta la saciedad en salones de baile desde el mismo momento de su aparición, a principios de los años 60) en su segunda juventud. Llevaban treinta años casados, pero poco importaba : se sentían más jóvenes que nunca, de un modo u otro. Los hijos, que antes crecían muchísimo más rápido que ahora, se habían ido, y ellos eran novios de nuevo.
Fue una etapa tan dulce que aún más de veinticinco años después Hono la recordaba con una sonrisa melancólica cada vez que su insolente bisnieta mayor le venía, aquellos domingos de radiador eléctrico, manta y olor a café, con la cantinela de siempre :
- Güelita, enséñame las fotos y dime quiénes son.
- Güelita, háblame de hace muchos años.
Ella recordaba con mayor gratitud aquellos años. Más que los de su dura infancia, de pueblo en pueblo alrededor de Arriondas, diez bocas para comer, hambre y un padre insufrible. Más que los de su juventud, que pudo ser hermosa pero se la llevó la guerra. Más que los de la infancia de sus hijos, empañada por todo lo que vino después de los fusilamientos y las bombas. Los 60 les habían revivido.Los bailes, Luis Aguilé, los paseos por el Muro de San Lorenzo, las excursiones a la playa de la Ñora, Antonio Machín, Toda una vida.
Había sido, de hecho, una etapa tan hermosa que se pasó como todo lo bello : volando. Fueron años fugaces, que pasaron como un suspiro. Tiempo después, José se cansó de vivir una mañana cualquiera, y ella se quedó veinte años mirando el mar, escalera 7, desde aquel viejo salón que una vez la había visto peinar a sus amigas (pocos estudios, mucho arte) mientras los hombres tomaban el café discutiendo de trabajo antes de salir a bailar.
A Hono le faltaban cinco años para cumplir los cien el pasado miércoles 21, cuando falleció. Y ahora, mientras ella nada en paz por las aguas del mar Cantábrico que en vida tantas veces había bañado sus pies y reavivado su memoria, su insolente bisnieta mayor ha decidido que es hora de tomarle el relevo y contar las historias de toda, de más de una vida.
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